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lunes, 4 de octubre de 2010

FUGAS Y RATAS

Fernando y Marta, y Emilia y yo íbamos a reunirnos para ponernos al día. Fernando y Marta llevaban casi cuatro años como pareja y habían hecho planes para casarse a fin de año en una ceremonia, según dijeron, modesta, a las afueras de la ciudad y a la que, por supuesto, estábamos invitados. Vivían juntos en un estudio que les prestó una de las tías de Marta mientras conseguían los medios para independizarse. Hacía algo más de un año que no nos veíamos y estábamos ansiosos ante el reencuentro organizado una semana atrás por las mujeres. Las dos habían hecho buenas relaciones desde que se conocieron a través de nosotros, y desde entonces fuimos parejas compañeras para salir a pasear o ir al cine, o a jugar bolos, o a comer en la noche.

La noche de la reunión, antes de salir de nuestro apartamento, Emilia se cambió varias veces de ropa y me pidió en cada ocasión que le diera mi sincera opinión sobre su aspecto que, en realidad, desde mi punto de vista, no cambiaba mucho con una y otra combinación, pero a ella le importaba mucho verse bien y que se notara el peso que había perdido. Cuando estuvo satisfecha y le di mi aprobación, se dio la vuelta frente al espejo con la mirada fija en sus nalgas, dio un respingo, levantó uno de sus talones, alisó su falda por atrás y dijo, Bien, estoy lista, mientras encendía un cigarrillo.

-¿Qué vamos a llevar?, -pregunté-.

-No sé. Lo que quieras tú, -dijo-. Unas cañitas de ajonjolí, gaseosa o un postre. No sé. No he pensado en eso realmente. A lo mejor nada. A lo mejor ellos no han preparado nada y llegamos nosotros con algo y los hacemos sentir mal. ¿Entiendes? O a lo mejor allá pedimos algo a domicilio. Ya sabes cómo ellos no se complican demasiado con estas cosas.

-Está bien, -dije-.

-¿Qué está bien?

-Lo que sea entonces, -dije-.

-En el camino vamos a la tienda y compramos algo.

-No crees que vayan a salir con sus maricadas, ¿cierto?, -pregunté-.

-¿De qué carajos hablas?

-Ya sabes.

-Eres un mojigato.

-Ya sabes cómo todo se fue a la mierda la última vez por culpa de esas maricadas, -dije-.

-No importa. Sigues siendo un remilgado. Tantos escrúpulos se te van a atorar en la garganta. Además, Fernando ya es otra persona. Está recuperado. Marta me dijo que lleva más de ocho meses sin probar una gota de trago, y que tiene una medalla que le dieron en una ceremonia en donde tiene sus reuniones. Me dijo que al principio iba todos los días, pero ahora ya solamente asiste dos o tres veces por semana y que está muy bien. Dijo que al principio fue difícil, pero que ahora está mucho mejor.

-¿Una medalla?

-Una especie de recordatorio de su progreso. Se lo dan a quienes cumplen sus metas, o algo así, pero debe ser importante. Marta me dijo que Fernando siempre la lleva consigo. Me contó que una mañana Fernando regresó casi después de media hora de camino porque había dejado la medalla en la mesa después del desayuno.

-No le veo sentido, -dije-. Es igual. Dejas una adicción y coges otra. Si no tienes whisky, sobas una maldita medalla hasta que te duelen los dedos y te quedas dormido. Oh, my precious, I've missed you my precious, ahhh –dije haciendo una imitación del Gollum que a Emilia no le hizo gracia.

-Tal vez sea así, pero es mucho mejor, ¿no crees? Me sorprende que no lo veas, -dijo con seriedad mientras entraba al baño y cerraba la puerta. Oí cuando levantó la tapa del sanitario.

Me acerqué a la puerta y apoyé mi hombro contra el marco.

-También está lo otro, -dije-. Me pregunto si la medallita también controla lo otro.

-¿Lo otro?

-Bueno, ya sabes.

-Espero que cuando lleguemos allá dejes ese tono. No quiero que se sientan incómodos, especialmente Marta, que ha pasado por mucho. ¿Me prometes que te vas a portar bien? –dijo subiendo la voz para superar el ruido del agua bajando. Luego oí la llave del lavamanos correr.

-Yo no tengo ningún tono. Simplemente no creo que un pedazo de plástico sea suficiente para parar el tren de Fernando, por más ceremonioso o simbólico que sea. Nada más.

Emilia salió del baño y había cambiado su peinado. Ya no tenía el pelo recogido sobre la nuca, sino que le bajaba en dos mitades encima de los hombros y atrás sobre la espalda. Una trenza delgada le bajaba hacia atrás rematada por un caucho con una margarita de tela. Se veía mejor antes, pero no se lo dije. Tampoco me preguntó al respecto. Se me acercó y me rodeó con sus brazos. Posó su cara en mi pecho, levantó la mirada y me dio un pequeño beso evitando pegarme su maquillaje. Luego se apartó y fue al clóset a buscar su gabardina. Cuando la tuvo puesta, volvió a donde yo la esperaba y me abrazó de nuevo, me miró y dijo:

-Vas a ver que todo va a estar bien. La última vez no cuenta. ¿Has oído hablar de "tocar fondo"? Pues bien, ese fue el fondo y desde allí todo comenzó a mejorar.

-Ya veremos, -dije-.

-Ya veremos, -dijo-.

En el camino paramos en la tienda a escoger qué llevaríamos. Emilia fue a buscar en la zona de frituras y paquetes mientras yo fui por las gaseosas. Tiré en la canasta una Pepsi y una Ginger. Cuando pasé por los licores pensé en que sería bueno poder llevar algo. Quería un trago. Pensé en los viejos tiempos, cuando todo parecía importar menos y las mujeres eran fugaces. Al encontrarnos en la caja registradora, Emilia y yo tomamos, cada uno, su paquete de cigarrillos de la marca favorita, pagué todo y salimos.

Durante el camino cambié varias veces las estaciones de radio mientras Emilia retocaba su maquillaje en el espejo del parasol. No hablamos mucho. Solamente hicimos un par de comentarios sobre la programación radial de la hora. Emilia dijo algo sobre los programas de conciertos de música clásica que oía cuando estudiaba y que ya eran escasos, pero yo pensaba en Fernando y en Marta. Cuando notó mi enajenación, Emilia dijo:

-Tienes que tranquilizarte un poco. ¿Qué van a pensar si te ven así?

-Yo no estoy nervioso, -dije-, y oprimí el botón para encender otro cigarrillo.

-Ven, dame tu mano. ¿Ves? Este sudor se llama nervios, nervios que no deberías tener. Se supone que sea un encuentro feliz y no te ves feliz, -dijo con mi mano aún entre las suyas-.

-¿Y qué se supone que debo decir? ¿Felicitaciones? ¿Me alegra que estés vivo? ¿Gracias por no tirar a mi mujer por la ventana? A veces pienso en Benjamín. Sabes que lo extraño.

-Ya amor. Lo sé. Te he dicho que, si quieres, podemos ir a comprar otro gato. La Sociedad Protectora también tiene para adopción. Los he visto en fotos. Hay unos preciosos.

-No se trata de un gato, -dije-, se trata de ese gato y de la forma en que murió. ¡Dios! A veces puedo oír esos maullidos. Es espantoso. Pobre Benjamín.

-Si no quieres ir, podemos cancelarlo, -dijo-. Podemos llamarlos y decirles que tienes gripa, que te sientes mal y que has vomitado y que no podemos ir. O puedo ir yo sola. Me dejas allá y luego llamo un taxi. Hasta creo que me vendría bien.

-No creo que sea buena idea, -dije-. Además, deben haber comprado comida y cosas y ya las deben tener sobre la mesa. Además ya todo está olvidado. Ni sé cuántas veces me pidió perdón Fernando.

-Eso está mejor, -dijo-. El pasado atrás, -dijo-. Es tu amigo. Tu mejor amigo, -dijo-.


Buscamos la dirección, dimos un par de vueltas a la manzana y llegamos. A pesar de no estar lejos del nuestro, el barrio era diferente y un poco más oscuro. Algunos de los focos de los postes estaban fundidos y otros parecían intermitentes, pero al menos había iluminación. Estacioné lo más cerca que pude de la entrada. El de ellos era un edificio viejo de cuatro plantas con manchas de moho bajo las cornisas y los aleros, que bajaban como un llanto verde por toda la fachada. Las ventanas del primer piso estaban enrejadas y de algunas más arriba colgaban macetas con flores suspendidas en el vacío, de manera que el agua que les regaban caía indefectiblemente sobre la ventana del piso inferior. De otras se asomaban pantalones y camisas secándose. Bajamos las bolsas de la parte de atrás del carro y lo cerré con llave, cerciorándome de que quedara bien asegurado. Avisé al vigilante de la calle para que se mantuviera alerta, prometiéndole una recompensa por su atención. Miré hacia arriba y traté de identificar cuál de las ventanas sería la de ellos. Caminamos hasta la puerta y encontramos el panel de los intercomunicadores de los apartamentos, identificados por número y en dos columnas, alumbrados por una lucecita por dentro. Algunos interruptores estaban rotos y en otros no se alcanzaba a descifrar lo que decía. Emilia buscó el 402 con los ojos bastante cerca de los números, presionó con fuerza con el pulgar, oímos un zumbido y esperamos. Íbamos a volver a timbrar cuando contestó Marta:

-¿Aló?

-Hola Marta. Somos nosotros. ¿Nos dejas pasar?

-Sí, claro. Pero desde acá no puedo. Busquen el botón que dice "Vigilante". Alguien saldrá a abrirles.

-Vale


Oímos que se cortaba la comunicación y presionamos el botón que había dicho Marta. Estaba más abajo que los demás y era un poco más grande. Me asomé por el vidrio de la puerta, pero no pude distinguir en la penumbra más que algunas sombras de objetos y un corredor que iba hacia la parte de atrás. Una mujer en camiseta y pantalones cortos se acercó a la puerta bostezando, con pasos pesados que daba con toda la planta del pie al mismo tiempo, como caminan los elefantes. Se acercó a un citófono que colgaba sobre la pared del otro lado de la puerta, lo levantó y mientras nos estudiaba dijo:

-¿A la orden?

-Venimos al 402, donde la Sra. Marta. El interruptor de ellos parece estar dañado, -dijo Emilia-. Ya hablamos con ella y nos espera.


La mujer pasó sus ojos por Emilia y luego por mí.


-¿Dañado?, no puede ser que esté dañado si pudieron hablar antes. ¿No? -dijo-.

-Sí nos pudimos comunicar, pero no pueden abrir la puerta desde arriba.

-Qué raro. Dañado…, -dijo-.

-¿Nos puede abrir, por favor?, -dije-. Hace algo de frío.

-Claro, claro. Discúlpenme. No sé qué me pasa. Ando como loca estos días. Pasen, pasen.


La mujer se acercó a la puerta, se retiró una llave que colgaba de su cuello por una cinta y dio vueltas en la chapa. Oímos cómo se descorría el cerrojo. Encendió una luz y dijo:

-Sigan por la escalera y suban. El ascensor sí está dañado. Hace días que llamé para que vinieran a revisarlo, pero nada. La señora del 303 se quedó encerrada y tocó llamar a los bomberos para que la sacaran. Estuvo allí más de una hora con su perro. Cuando abrieron las puertas olía a orines. La señora dijo que eran del perro, pero quién sabe. El cuerpo no da espera, ¿saben?

Emilia sonrió cortésmente y le agradeció habernos hecho entrar. Asentí con la cabeza cuando pasé junto a la señora y seguimos hacia el fondo del corredor, iluminado por una única bombilla que destellaba luz amarilla.

-Por ahí, a la izquierda. Tengan cuidado cuando pasen del tercero porque se empoza el agua y se pueden resbalar. Todavía no le pasa a nadie, pero no querrán ser los primeros.

-Gracias, -dijo Emilia-, vamos a tener cuidado.


Subimos los escalones, pero no vimos ningún charco de agua. Cuando estuvimos frente a la puerta, suspiré, y Emilia me tomó de la mano. Timbró y sonó un conjunto de campanas electrónicas que imitan el sonido de las iglesias. Duró más de lo que esperaba. Oímos que se acercaban con pasos firmes a la puerta, pero las sombras de los dos pies se quedaron inmóviles antes de abrir. Luego oímos el sonido de la cadena deslizándose y tuvimos a Marta frente a nosotros.

-¡Queridos!, ¡cuánto tiempo!, pensé que jamás llegaría a verlos otra vez, -dijo mientras tomaba a Emilia por los brazos y apoyaba su mentón sobre su hombro.


Cuando terminó con Emilia, avanzó hacia mí y me dio un beso en la mejilla. Bienvenidos, -dijo-, están en su casa. Fernando está en el teléfono, pero ya viene. Pasen, por favor, y pónganse cómodos. ¿Quieren que les reciba algo?

-Gracias Martica, -dijo Emilia mientras se quitaba la gabardina y se la entregaba. Marta la dobló y la colgó sobre tu antebrazo. Luego se dirigió a mí. Le entregué el paquete con lo que habíamos comprado y fue a la cocina, desde donde gritó:

-Siéntense en donde quieran. Ya se imaginarán que todo es de todos por acá. Fernando y yo hemos estado hablando y nos pareció que fue hace una eternidad la última vez, -dijo Marta-.

-A nosotros también, Martica, -dijo Emilia-. Habrá sido qué, ¿hace un año, tal vez?

-Trece meses, -dije-. Trece meses y seis días. Fue para mi penúltimo cumpleaños.

-¡Cómo pasa el tiempo!, -gritó Marta desde la cocina, desde donde se le oía sacar paquetes de las bolsas de plástico y abrir y cerrar gavetas. ¡Pónganse cómodos! Ya en un minuto estoy con ustedes.

En la sala había un sofá marrón y un par de poltronas escarlata que rodeaban una mesa de vidrio en el centro, apoyada en un tapete hecho de nudos con dibujos de flores. Sobre la mesa había varios números de revistas de farándula y otras con mujeres en las portadas que ostentaban peinados estrafalarios. Sobre una pila de las revistas reposaba un cenicero rebosado de colillas aplastadas. El aire estaba cargado de olor a incienso y vi el pebetero en una de las esquinas sobre el parlante del equipo de sonido. Era un payaso de porcelana al que, como nos dijeron después, se le quitaba la cabeza, se depositaban las hierbas en una especie de cazo pequeño sobre una vela enana, se cerraba y el humo le salía por las orejas. El payaso tenía expresión de sorpresa y se sentaba sobre un banco de madera. La tía lo había dejado en el apartamento antes de mudarse y ellos lo usaban con frecuencia.

Marta volvió con dos bandejas llenas de las frituras que habíamos llevado y las puso sobre la mesa en el espacio que Emilia había abierto entre las revistas. Antes de dejarse caer en el sofá, tomó en su mano un puñado de papas y dijo:

-A Fernando le encantan los chicharrones. Será mejor que le deje algunos, porque si no es capaz de fritarme, -dijo riendo-.

Emilia le correspondió con otra risa y yo sonreí. Emilia se sentó junto a ella en el sofá. Yo seguía parado con las manos entre los bolsillos del pantalón, intentando secar el sudor para la hora en que fuera a saludar a Fernando. Me acerqué a unas fotos que había sobre unas estanterías llenas de libros, recuerdos de viajes, un par de cuadros de arena de colores que se mezclan lentamente cuando se giran, y varios de esos juguetes rompecabezas de metal para desenlazar partes aparentemente ligadas para la eternidad. En las fotos había muchas caras extrañas y otras de algunos familiares de Fernando que sí reconocí. En un lugar especial, había una foto de nosotros cuatro tomada en un viaje que hicimos a la playa hacía mucho tiempo. Aparecíamos muy sonrientes. Fernando y yo nos veíamos bien y sosteníamos cada uno una cerveza en la mano. Las mujeres se veían felices.

Emilia tomó una de las revistas del centro y comenzó a hojearla.

-Las tomé prestadas del curso que estoy haciendo, -dijo Marta-. Es una maravilla. Estoy casi todo el día pensando en cómo hacer peinados hermosos para la gente. Nunca me imaginé que sería tan feliz siendo estilista.

-¿Cuándo comenzaste?, -preguntó Emilia-.

-Llevo un semestre. Ha sido espectacular. Los profesores son gente muy bella y muy preocupada por dar a la gente un mejor aspecto. Uno no se imagina la responsabilidad que siente alguien que se para detrás de una cabeza frente a un espejo, con la confianza del cliente puesta en sus manos. El pelo es una de las partes más sensuales de la mujer y si está mal arreglado, pues su feminidad está en peligro, ¿me entienden? Todavía no estoy lista para hacerlo con alguien de verdad. En la escuela usamos maniquíes para hacer los cortes y los peinados, pero el profesor me ha dicho que tengo talento y que cree que el próximo semestre ya podré comenzar las prácticas con gente real.

-Me alegro mucho por ti. Además el mercado es amplísimo: todo el mundo tiene pelo, -dijo Emilia con gracia-.

-Tal vez pueda ser tu estilista de cabecera, -dijo Marta mientras levantaba con sus dedos la trenza de Emilia- Tienes un pelo hermoso. Podría hacer maravillas contigo.

-Es verdad. Tienes un pelo hermoso, amor, -dije viéndola a los ojos-.

Tomé asiento en una de las poltronas y quise fumar, pero no lo hice hasta que Marta encendió un cigarrillo. De vez en cuando nos acercábamos hacia el cenicero en la mesa a depositar las barras de ceniza con una mano ahuecada por debajo, y volvíamos a recostarnos en los respectivos asientos. Marta continuó hablando de sus clases y de todo el apoyo que había recibido de Fernando para poder hacerlo. Se veía satisfecha y sincera. Se oyó la cisterna del baño y una puerta.

-Es Fernando, ya debe venir, -dijo Marta-.

Todos volteamos a ver hacia el dormitorio. Se abrió la puerta y apareció Fernando con una guayabera de colores abierta hasta la mitad de su pecho y pantalones de lino blanco. Del cuello le colgaba una cadena de oro con un crucifijo y una moneda plateada del tamaño de un reloj de pulso. Había algo inscrito en ella. Tenía un bigote espeso que nunca antes le había visto. Llegó con la misma sonrisa de siempre, la misma que le vi utilizar cientos de veces para encantar a las mujeres en los bares y llevárselas luego a su casa. Para Fernando nunca fue un problema conseguir sexo fácil. A veces me decía que me iba a endosar alguna que otra hembrita de la que ya estaba aburrido para que yo "le hiciera la vuelta", pero nunca llegó a concretarse nada. Emilia y yo nos levantamos de las sillas para saludarlo. Fernando se dirigió hacia Emilia primero y abrió sus brazos para recibirla entre ellos.

-Preciosa, -dijo-, estás hermosa, como siempre. El suertudo de tu marido no debe quitarte las manos de encima ni un minuto.

-Gracias Fer, -contestó Emilia-. Me alegra mucho verte de nuevo. Tú también te ves muy bien. Me encanta tu camisa.

-Esta belleza me la trajo Marta de un viaje a la costa y casi ni me la quito para dormir. No creo que pueda volver a usar una corbata jamás, -dijo con otra de sus sonrisas mientras estiraba la punta del cuello-.

-A ver a dónde está mi muchacho, -dijo mientras soltaba a Emilia-.

Rodeó la mesa y caminó hacia mí. Estiré una mano para estrechar la suya, pero la quitó del camino con un movimiento rápido y pasó sus brazos alrededor de mi cuello en un fuerte apretón que respondí con un par de palmadas sobre su espalda. Retiró un poco la cara para verme y me plantó un beso en la mejilla.

-Tú también estás hermoso. Este muchachón está también hermoso –dijo mientras apretaba mi cara con su mano y se la mostraba a las mujeres-.

Las mujeres rieron y Marta hizo un gesto de ternura. Fernando me liberó y fue hasta la poltrona que estaba vacía. Al darse cuenta de que teníamos que inclinarnos sobre la mesa para botar las cenizas de los cigarrillos, fue hasta la cocina y trajo un pedestal de madera con un hoyo en la plataforma, en el que se encajaba un plato de bronce de cuyo centro se levantaba una pequeña estatua alada sosteniendo una trompeta frente a su boca. Había manchas de ceniza y quemaduras en el plato. Fernando juntó las piezas y puso el armazón en medio de las dos poltronas donde nos sentábamos.

-Ahora sí. ¿Ley del menor esfuerzo? Majaderías ¿Cuántas calorías gasté yendo hasta la cocina por el cenicero? Si sumamos las que hubiera gastado inclinándome una y otra vez hacia el centro de la mesa y les restamos las que acabo de gastar, salgo ganando. Si todos pensaran así, no habría pereza en el mundo.

-Tal vez no deberías fumar, así no gastas ni de un lado ni de otro, -dije-.

-Sí, pero también dejo de hacer lo que me gusta. La energía hay que gastarla, pero no tirarla a la basura. Hay que gastarla haciendo lo que a uno le gusta, -dijo haciendo un guiño-. Imaginé si no sería un fastidio tener ese bigote en la cara todo el tiempo.

-¿Cómo sabe la gente cuántas calorías hay en lo que come?, -preguntó Marta-, porque se sabe que los empaques de información nutricional son una farsa.

-Yo conocí a un tipo que andaba siempre con un marcapasos en el bolsillo. Me dijo que uno daba más de diez mil pasos al día y que eso equivalía a un cuarto de maratón, -dijo Emilia-. El tipo del que hablaba era un imbécil de su trabajo que intentó seducirla. Desde que me lo contó no había vuelto a salir a relucir, hasta entonces cuando lo mencionó. Esperé una mirada, pero no la recibí.

-Para vivir las cosas que no tienen respuestas exactas, es mejor calcular comportamientos aproximados, -dijo Fernando-.

-¿Qué se supone que signifique eso? –dije-.

-No importa. Es algo que se me vino a la mente. Tantas matemáticas hacen que uno maquine demasiado, -dijo Fernando-.

-Estaba contándoles sobre mi nueva carrera. Les contaba cómo me has ayudado a seguir adelante con el estudio aún con los problemas que tenemos, -dijo Marta-.

-Nena, -dijo Fernando-, no vamos a aburrirlos con esas historias de peluquería.

-¿Por qué dices eso?, -reviró Marta-, pensé que estabas orgulloso de mí.

-Claro que estoy orgulloso y me encanta que lo hagas, pero me parece que no es el momento para hablar de esas cosas.

-¿Te da vergüenza?

-No, no me da vergüenza.

-¿Es eso? ¿Una peluquera es muy poca cosa?

-No es eso. Simplemente estoy aburrido de escuchar las mismas historias y quisiera saber qué nos pueden contar ellos, -dijo señalándonos, mientras llevaba su cigarrillo a la boca con su estilo de película. Un par de ráfagas de humo salió de su nariz y se coló por los pelos de su bigote.

Marta se dirigió a nosotros y nos dijo señalándolo:

-Está avergonzado. El muy hijo de perra está avergonzado después de todo. ¿A ustedes les parece terrible querer ser alguien en la vida? Yo sé que ya no tengo 20 años, pero hay otras mujeres más viejas que yo en el curso. Y ellas parecen estar bastante conformes.

-A mí no me parece que sea para nada malo. De hecho, algunas der las personas con más dinero que existen son estilistas, -dijo Emilia solidariamente-. "Estilista" no es una palabra que Emilia hubiera utilizado comúnmente, pero lo hizo sonar bastante natural.

-Gracias Emilia. Al menos alguien aquí tiene cortesía.

-Yo no sé qué le pasa a esta mujer, -dijo Fernando mirándonos a nosotros-. Cada vez que sale a relucir el tema, de la nada, sale con el cuento de la vergüenza, sin que nadie siquiera lo insinúe, como acaban de ver. Es simplemente increíble. Es una loca de amarrar.

-Eres un idiota, -le dijo Marta a Fernando, y se llevó las manos a la cara simulando llorar-.

-Pero soy tú idiota. ¿Qué más puedes pedir?

Marta se levantó de la silla con velocidad y saltó sobre Fernando quien la recibió en su regazo con los brazos abiertos. Rieron juntos y se dieron un largo beso. Alcanzamos a ver cómo Fernando le metía y sacaba la lengua de la boca profusamente y cómo el bigote cubría todo el labio superior de Marta. Emilia no despegó los ojos durante todo el espectáculo. Parecía hechizada.

-Deberíamos jugar al póker. ¿Qué les parece?, -dijo Emilia sin consultar mi opinión, ni siquiera con una mirada.

-A mí me encantaría, -dijo Marta, despegándose de los labios de Fernando y pasando su antebrazo por la boca-.

-Yo dije: "Juguemos".

-Fernando dijo: "A jugar se ha dicho".

Al cabo de dos horas, Emilia y Marta tenían la mayoría de las fichas, ordenadas por colores sobre pilas frente a ellas. El aire estaba lleno de humo de cigarrillo y había varios vasos de gaseosa sin terminar alrededor, con boronas y restos de las frituras sobre la mesa y en el piso. Fernando había perdido en la última mano todo su dinero y yo estaba jugándome el resto de mis fichas en un enfrentamiento contra mi esposa. Yo tenía un par de ases y estaba confiado, pero Emilia resultó con trío de ochos y acabó con mis fondos.

-Estas mujeres son más peligrosas de lo que imaginamos. Nos han dado una verdadera paliza. Este señor y yo vamos a salir un momento, -dijo Fernando mientras pasaba su brazo sobre mi hombro-.

-¿A esta hora? ¿Para dónde van?, -preguntó Marta, pero la respuesta la esperaban las dos-.

-Vamos a comprar una pizza. ¿No tienen hambre? Yo estoy muerto de hambre. Esta tunda me ha dejado como un león.

-¿Y por qué no la pedimos a domicilio?, -dije zafándome del brazo de Fernando-.

-Vamos compadre. Dejemos que estas niñas hablen de sus cosas un rato. Nosotros también tenemos que hablar. Cuando volvamos nos comemos la pizza y damos la noche por terminada. Si vamos en tu carro, apenas notarán que nos fuimos. ¿Qué dices?

-Me parece muy bien, -dijo Marta-. Mientras vuelven le mostraré a Emilia mis pelucas. Tal vez hasta le haga un peinado, si a ella le parece, -dijo mirando la cabeza de Emilia y sacándole la lengua a Fernando-.

-No sé, me parece peligroso salir a esta hora, -dije-.

-Si es por miedo, no te preocupes. Yo te defiendo, amigo. No es como si nunca lo hubiera hecho, ¿verdad? ¿Te acuerdas de los tipos que te querían matar a golpes en Zooka hace como ocho años? ¿Quién salió a defenderte? ¿Quién se encargó de sacarlos a correr? ¿Ah? ¿Quién?

-No se trata de eso. Se trata de no hacer cosas precipitadamente. Además tengo un buen lugar de parqueo y no quiero que me lo quiten, -dije-.

-Bueno amigo. Como quieras. Iré yo sólo. Muero de hambre, -dijo-.

-Por supuesto que te acompaña, ¿cierto amor? No vas a dejar a Fernando ir solo, ¿cierto?, -dijo Emilia con una de sus miradas-.

-Sólo porque tú me lo pides. No estoy de acuerdo con andar por ahí en la calle a esta hora, -dije-.

-Antes vivías en la calle a esta hora. No entiendo qué te pasa. Parece que a este tipo le han pasado treinta años en sólo uno, -dijo Fernando riendo y las mujeres se contagiaron-. Di una de mis miradas a Emilia, que no pudo ocultar su aprobación de lo dicho. Pensé en que tal vez sí estaba siendo demasiado prevenido, y que tal vez la salida a la calle me refrescaría un poco la mente.

-Está bien, -dije-. Vámonos.

-Perfecto. Déjame sacar mi chaqueta y nos vamos, -dijo emocionado Fernando-.

Salimos del apartamento. Al llegar a la entrada principal del edificio, Fernando sacó un manojo de llaves y abrió la puerta.

-Esos hijos de puta de la compañía de ascensores. Sólo espero agarrarlos cuando estén acá. Ayer tuve que subir y bajar cuatro veces con todas las cosas del mercado mientras Marta las cuidaba. Encima de todo este maldito rancho está a punto de hundirse. Fugas de agua y ratas. Eso es todo lo que veo, -dijo Fernando alzando la voz-.

Seguí hasta el carro y subí. Levanté el seguro de su puerta para que subiera y lo hizo. Cuando arrancamos, encendió un cigarrillo y dijo:

-Amigo. Gracias por sacarme de allá. Estaba a punto de reventar.

-No parecía. De hecho parecía que estabas contento, -dije-.

-Sí, sí, sí, siempre contento Fernando. Siempre bueno Fernando. Siempre hacendoso y marica. Marica. Eso es lo que me estoy volviendo. Un gran marica.

-Las personas pueden tener vidas tranquilas y no por eso ser desgraciadas, -dije-.

-Las personas son maricas. Todo el mundo le tiene miedo a vivir, por eso escogen el camino fácil. ¿Yo? Por mi me largaba ya mismo a otro país y no volvía jamás a ver a la peluquera, -dijo-.

-Marta te quiere. Marta podría ser la única persona a la que de verdad le importas. Ella organizó todo esto para ti, ¿sabes?

-¿Organizar qué?

-Esto. La reunión.

-Una reunión a la que ustedes no querían venir. Apuesto a que estuviste a punto de llamarnos a cancelar. No te culpo. Yo lo hubiera hecho. Eso demuestra que tú no eres un marica, sino que enfrentas tus problemas.

-¿Quién dijo que tengo problemas?, -dije-.

-A veces sueño con ese día, -dijo mirando hacia la luz roja del semáforo en donde esperábamos-. A veces me imagino que si no hubiera hecho lo que hice, todo sería distinto y hasta podría seguir como antes.

-¿Cómo antes? ¿Qué mierda significa eso? ¿Siquiera te acuerdas de algo de antes? Apuesto a que ni siquiera te acuerdas de ese puto día. No tienes recuerdos porque te contaron lo que pasó. Lo que sueñas es sólo un montón de ideas que tienes sobre lo que te contaron, pero no sabes lo que pasó. Ni te alcanzas a imaginar lo que pasó. Yo sí. Yo lo veo constantemente. Lo siento constantemente. La caída, los sonidos, el golpe en el suelo del bultico de carne y huesos, tu cara, todo.

Fernando quedó en silencio. Yo respiraba aceleradamente, pero me sentía bien. Hacía mucho tiempo que quería decir algo. Me sentía fantástico.

-Era sólo un puto gato. No entiendo cómo quince años de amistad se fueron a la basura por un puto gato, -dijo-.

No respondí. Ya lo había pensado antes. Cuando llegamos a la pizzería, ordenamos una extragrande de maíz y tocineta y esperamos mientras el pizzero amasaba, redondeaba, ponía la salsa roja con gracia en movimientos circulares, llenaba la circunferencia de queso y los demás ingredientes, y metía todo en el horno. Habíamos visto el proceso en silencio, sentados en las butacas altas con los codos apoyados sobre el mesón. Comenzamos a sentir un aroma delicioso.

















miércoles, 22 de septiembre de 2010

ESCALERA

Mi suegro y yo estábamos sentados en el porche de su casa desocupando la tercera cerveza helada. Las casi cuatro horas de carretera y el descenso a tierra caliente me habían dejado cansado y con sueño, pero mi suegro es un gran conversador y, aunque yo no tanto, hablábamos de cosas de mi trabajo, las sequías de la época en el valle del Magdalena, y la escasez de la subienda de peces. Me contó cómo antes, cuando era joven, el pueblo era otra cosa y la gente, otra cosa. Es un tipo agradable, mi suegro.


La llegada con el bebé y con los tiestos del bebé y la cuna portátil y los maletines para mi mujer y yo, me habían dejado exhausto. El bebé tenía dos meses y lloraba constantemente, cosa que tenía a mi mujer bastante irritable y a mí también, así que nos pareció una oportunidad perfecta para visitar a la familia y descargar un poco de la tensión. Pensé que nadar en la piscina me haría bien para relajarme, pero eso tendría que ser en la mañana.

Cuando volvía de la cocina con un par de cervezas nuevas y las destapaba, oímos los gritos en la casa de los vecinos. Eran gritos como no había oído antes jamás. Parecía que a alguien lo estuvieran cocinando vivo o que le estuvieran arrancando la piel a tirones. Además eran los gritos de un hombre, lo que descartaba un ataque de histeria. Pero también había música. Música cristiana de alabanzas a Cristo, pero no con coros y violines como en las misas corrientes, sino con batería, guitarras eléctricas, bajo, piano y voces femeninas y masculinas en dueto, acompañadas de coristas. Una orquesta de alabanzas y oraciones. Y la música se repetía constantemente o era una sola canción larga que decía “porque grande es el señor / y para siempre su misericordia. Porque grande es el señor / y para siempre su misericordia. Porque grande es el señor / y para siempre su misericordia. Porque grande es el señor / y para siempre su misericordia. El ejército de Dios marchando está / contra todo principado y potestad, el ejército de Dios marchando estaaaaaa”. Nos miramos con mi suegro y sonreímos.

Durante una visita anterior en otro fin de semana, habíamos oído la música, y se había vuelto habitual que la casa de los vecinos se alquilara los fines de semana para las reuniones de cristianos, lo cual era un alivio para mis suegros porque de lo contrario podían estarla cediendo a grupos de jóvenes con hígados incansables, que podrían durar la noche entera cantando a todo pulmón vallenatos, corridos, rancheras y demás cosas que los borrachos cantan a las cuatro de la mañana, sin importarles para nada la paz de los demás. Pregunté a mi suegro si había oído antes los gritos, pero dijo que no. Se había oído la música y una que otra voz fuera de tono, pero no un grito así y menos a ese volumen. Mi mujer pasó por la sala y nos miró a través del angeo contra los mosquitos, le dio una mirada al grupo de botellas y entró en la cocina a preparar un tetero para el bebé mientras mi suegra venía con él alzado en sus brazos haciéndole arrullos y mimos para calmar su llanto. Mi suegro y yo estábamos en silencio tratando de escuchar algo más, pero no volvimos a oír más que la música sobre el muro. Mi mujer salió para decirnos algo, pero yo le hice una seña con la mano para que nos dejara oír y volvió a entrar a la casa.

Volvimos a oír gritos y otras voces de varias personas que acompañaban y hacían eco al primero. Me levanté, pasé por el camino de piedra donde mi suegra hacía crecer sus orquídeas, subí por la pendiente junto al asador hasta el planchón de la piscina y seguí de largo en dirección al muro cubierto de vegetación. Sentí el pinchazo de una hormiga en los pies y me di una palmada. Estaba muy oscuro y no se podía ver bien en dónde pararse, pero la música se oía mucho mejor y se distinguían muchas voces de hombres y de mujeres. Iba a regresar para llamar a mi suegro para que se acercara a oírlos, pero me había seguido y venía cargando una escalera plegable de aluminio que apoyó suavemente sobre el muro entre los matorrales, exactamente en el punto en donde las voces sonaban más alto. Me contó que el muro lo tuvo que construir hacía diez años cuando sus buenos vecinos decidieron vender la casa y comenzaron los alquileres. Era un muro alto de ladrillo gris, de unos tres metros o más, pero no tenía alambres ni púas. Más que seguridad, ofrecía privacidad. Mi suegro fue el primero en subir. Llegó hasta el borde y asomó la frente y luego toda su cara estuvo iluminada por las luces de la casa. Desde abajo parecía como si estuviera viendo una película en el cine. Le pregunté qué pasaba y abrió su mano para que esperara un momento. Le dije que ya volvía y fui por las cervezas que seguían en la mesa. Al regresar con las botellas le entregué la suya y fue mi turno. Me encaramé hasta el borde de la tapia y miré. En una sala, a no más de dos metros de distancia, había unas veinte personas en círculo, algunas sentadas en sillas blancas de plástico observando hacia el centro, en donde un tipo barrigón con camiseta de un equipo de fútbol y pantaloneta sostenía por los hombros a una mujer joven con la cabeza agachada y el pelo sobre la frente, con los ojos cerrados y bastante sudada. El hombre le indicaba al demonio que debía dejar el cuerpo de esa criatura de Dios, apoyaba su frente contra la de la mujer, cerraba con fuerza sus ojos y le sacudía los hombros. Luego puso la palma de su mano sobre la coronilla de la poseída y le dio un fuerte empellón en el centro del pecho, a lo que la víctima de usufructo maligno de su cuerpo cayó de espaldas, siendo recibida por el ayudante del maestro de ceremonias, otro tipo gordo, más corpulento que el jefe pero mejor vestido, quien la puso suavemente en el suelo.

Bajé los peldaños. Mi suegra acababa de llegar. Nos preguntó algo nerviosa pero sonriente qué estábamos haciendo y nos advirtió sobre el peligro de que nos vieran espiando. Mi suegro le dijo que, sí quería, subiera a echar un vistazo. Vaciló un momento, pero se decidió y subió, asomando mucho más que la cabeza porque el escalón donde nosotros nos parábamos era demasiado bajo para ella, pero si se paraba en el siguiente dejaba al descubierto medio cuerpo. Espió durante un par de minutos. Mi suegro y yo dábamos sorbos a la cerveza y fumamos un cigarrillo. Mirábamos hacia arriba de vez en cuando, pero mi suegra seguía con mucho interés la escena que le pedimos nos describiera. Nos dijo susurrando que había tres personas en el suelo, y que todos les pasaban por encima como si nada. Cuando se terminaba la música, uno de los dos tipos volvía hasta el equipo de sonido y apretaba un botón que repetía la misma canción “el ejército de Dios marchando está, contra todo principio y potestad…el ejército de Diooooooos”. Cuando bajó contó que todos se tomaban de las manos en círculo y se movían de un lado a otro en un vaivén alrededor de los desmayados. Volví a subir. Me fijé en la cocina y había una mujer pelando unos plátanos verdes y tirando pedazos en una olla humeante. Mi suegro hizo algún comentario sobre el banquete que se iban a dar después de todo el gasto de energía y reímos.

Volví a la casa por un par de cervezas nuevas. Mi mujer estaba sentada frente al televisor con los pómulos tensos. Me preguntó qué hacíamos y le dije lo que estábamos haciendo. No pareció darle mucha importancia, así que salí de la casa y volví a la acción. Mi suegra me preguntó si la había visto y le dije que sí, que la había invitado, pero que no quiso venir, y comenté algo sobre su estado de ánimo a causa de los desvelos del bebé. Pensé en que sería muy agradable verla sonreír.

Llevábamos ya una hora de haber comenzado los turnos sobre el muro. Mi suegro y yo comenzábamos a sentir las cervezas y reíamos como cómplices de una travesura. Durante mi siguiente turno, vi al maestro de ceremonias preguntar a todos si alguien sufría de artritis, si alguno de los presentes sufría de dolor de cabeza, de reumatismo, de alcoholismo, de pancreatitis, de insomnio y hasta de corazón débil. Una voz frágil dijo “yo”, y los demás se voltearon a mirarla. La anciana dijo que sentía presión en el pecho y el hombre preguntó si no había alguien más. En esas oí la voz de mi mujer junto a mis suegros. Voltee hacia abajo a verla y la saludé. Bajé y le dije que era su turno, y ella subió los escalones hasta quedar a la misma altura que su madre. Le dije que prestara atención especial al tipo de la camiseta de fútbol y comenté que al señor exorcista sólo le interesaba sacarles los demonios a las jóvenes. Todos reímos. Vi la cara de mi mujer asomada sobre el muro y su pelo encendido por los destellos. La acaricié suavemente detrás de la rodilla y contemplé su figura empinada sobre la escalera. Me pareció hermosa. Le di un beso suave en el muslo descubierto. La noche estaba completa.


sábado, 18 de septiembre de 2010

RECLUTAS

El día de la selección terminaba de vestirme junto a Helena. La vi caminar hacia el clóset con sus nalgas navegantes coronadas por un tatuaje nuevo y escondido de su mamá a ponerse ropa limpia. Habíamos hecho el amor toda la noche. Jugamos con dulces de chocolate a untárnoslos en todas partes, crema para postres y un aceite especial que produce calor al contacto con el aire. Ponía un poco en su espalda y soplaba. Los filos de sus omoplatos brillaban con la luz amarilla de la lámpara y me pareció de oro y terciopelo un instante, tan pequeña y hermosa, entregada a mí como si yo fuera su dueño. Pasé por todos lados con mi boca, besándola hambriento pero sin prisa. Ya había sido más de un año desde la primera vez, así que no se trataba sólo de mi pene dentro suyo, sino de la sensación de perder el aliento y tener convulsiones lentas, parecido al vaivén que se siente al quedar tirado en una playa justo donde las olas van de regreso al mar.


El Estado se encarga de escoger lo más fino de nuestros jóvenes para ponerlos a desfilar en tropas de mocosos que, de tocar, se cagarían en los camuflados al enfrentarse a un bravo o, peor, dispararían sin apuntar como queriendo matar el aire en rededor en ráfagas emborronadas por las lágrimas. El día señalado para los exámenes físicos llegamos todos al batallón un poco asustados. Los compañeros entraban en grupos de quince por una puerta a una sala en donde los revisaba un médico y salían por otra, la mayoría con cara de querer volver a tener ocho años, tirar un balón al suelo y salir corriendo a jugar escogiendo a quién para su equipo porque eran dueños del balón. Ese día no hubo dueños de nada. Nadie podía escoger su destino.

Cuando llegó nuestro turno, entramos juntos varios de los amigos. Era un salón largo iluminado con neón, en donde una nube de humo jugaba con las lámparas, libros y carpetas arrumadas en un costado. Sobre un escritorio viejo en frente de nosotros, estaba sentada una enfermera que parecía más una puta. Tuve la sensación que se tiene al abrir los ojos dentro de una piscina, la lentitud, la ingravidez, los movimientos pesados de la gente, el ahogo cuando se acaba el oxígeno en los pulmones. Cuando estuvimos enfilados a lo largo del salón, hombro a hombro, uno de los de uniforme nos gritó que nos quitáramos la ropa. Unos a otros nos miramos extrañados. Algunos se inclinaron a desatar los zapatos. Los demás hicimos lo mismo y al rato estábamos todos en calzoncillos, indefensos, sin moda ni gloria, sólo carne y vergüenza y risas socarronas que causaron la furia de un sargento que nos obligó a callar. La enfermera puta que hasta entonces había estado en silencio, se acomodó sobre el escritorio y dejó al descubierto un delicioso par de piernas que mecía en el aire mientras chupaba una colombina roja con sevicia. Nos miraba los quince bulticos de sexo. Se dejó la chupeta en la boca y se puso las manos bajo la falda. Pasaba el palito de un lado a otro y nos dejaba ver el rosado de su lengua en remolinos sexuales. Yo procuré no mirar, pero alguno no lo soportó y tuvo una erección. No recuerdo su nombre. Lo que sí tengo vivo en la memoria fue que la enfermera brincó al piso, y caminó lentamente hacia el desgraciado contoneando su cadera y sus muslos firmes, se puso en frente del tipo, le mostró la blusa que apretaba el par de tetas inmensas y le puso la mano en las pelotas.

-¡Un paso al frente!

El tipo dio un paso tembloroso.

-¿Fue que le gusté? ¿Ah? ¡Mi Sargento! Aquí tenemos uno que está como arrechito. ¿Qué ordena Mi Sargento?

El pobre tipo sudaba y miraba a los lados buscando solidaridad de los compañeros. Ya no había nadie sonriendo, ni secretos ni voces ni burlas. Todos parecíamos estar buscando fijar la mirada en las manchas del piso. Pensé en qué serían las machas del piso, si sangre o lágrimas o algún chicle que causó un bofetón. Los soldados se reían y les rebotaba el fusil sobre el pecho. El fulano Sargento le miraba el culo a la enfermera y movía el bigote de un lado a otro en zigzag.

-Si me quiere culiar, por lo menos míreme a los ojos, sea caballero. Así no se va a conseguir una noviecita que se lo dé-, le dijo la tipa al escuálido que, para entonces, ya había perdido todos sus colores y el interés morboso de su imaginación.

La enfermera juntó el dedo corazón con el pulgar y le descargó tal pastorejo en la verga que le hizo morderse la lengua.

–Eso le va por irrespetuoso. A las mujeres no nos gusta que nos miren como objetos. Ahora vuelva a la fila y, va para todos, al que se le ocurra volver a entretener la cabecita conmigo le advierto que le arranco las pelotas.

Uno a uno íbamos siendo revisados. Le enfermera-zorra recibía el montón de exámenes médicos que traía la mayoría y rechazaba toda excusa con un aullido de APTO que inmediatamente apuntaba uno de los soldados en una lista mientras la víctima enferma se vestía llena de resignación y odio. Uno en especial me dio lástima. Zamora, se llamaba. El tipo tenía astigmatismo, miopía, principios de presbicia, dos cirugías de corazón abierto, sólo un pulmón bueno, los riñones acabados, hepatitis A, B y C, elefantismo, síndrome de Koll, en fin, un NO APTO clarísimo, evidente, ineludible y todos los exámenes para probarlo. La respuesta, claro, fue APTO con el argumento de que al menos podría barrer las oficinas durante un año al servicio de la patria. Yo, en cambio, sólo llevaba un papelito firmado por un médico que me había operado la rodilla tres años antes para hacer una exploración. Cuando me tocó el turno, la golfa me preguntó:

-Y usted ¿qué tiene?

-Tengo problemas de rodilla.

-¿Ah sí? ¿y eso? ¿Seguro no serán problemas mentales?

- No. Son de rodilla. Me operaron y no quedé bien

-Muéstreme. Haga veinte sentadillas.

-No puedo.

-¡Que me muestre!

- De verdad, le digo que no puedo.

-Haga diez, entonces.

-Está bien.

Pasé al frente, me puse las manos detrás de la cabeza y comencé. Una, dos, y, a la tercera, milagrosamente, yo, que siempre he tenido una estrella que me acompaña en esas cosas, no sé cómo, logré que la rodilla hiciera un estruendo igual a como suena una camiseta cuando se rasga. Me quedé sentado y puse mi mano sobre la rodilla que había chillado en un gesto de dolor. La enfermera miró al Sargento del bigote. Se volvió a mí y me dijo que volviera a la fila. Me quitó el papel que llevaba con la firma de mi médico y aulló NO APTO y me indicó que saliera.

Afuera, la luz del día me cegó. Esperé a los demás y nos fuimos. Algunos me insultaron amistosamente por mi suerte. Esa misma tarde estábamos bebiendo cerveza en La Carrilera. Algunos comentaban de sus ilusiones en la tropa, otros se lamentaban por la pérdida de tiempo. Yo estaba feliz en silencio. Llamé a Helena, le conté lo que había pasado y le mandé un beso cuando colgamos. De los ciento veinte sólo siete nos salvamos. Vi cómo se metía el sol entre las nubes rojas y le di un largo tirón a mi cerveza.

MIGRANTES

A la salida del gusano que se pega al avión para evacuar a la gente, nos esperaba un par de policías gigantes, orondos y enhiestos, para pedir documentación y hacernos preguntas. Nos separaron en dos filas para que cada uno se encargara de una mitad del avión. Antes de salir, como no me gustan las turbas, me quedé sentado esperando a que la gente bajara sus canastas, montones de maletas y demás estorbos con que viajan en un frenesí de locura. Ciento cincuenta personas, un rebaño de borregos haciéndole fila a un par de hijueputas uniformados que les dio por mostrar rudeza después de habérsela mamado el uno al otro. A cada uno le preguntaban lo mismo: ¿ushtéd a quí viane a laos Estaros Uniros? ¿Cuánda tempo se pensa quedará? Y los dejaban seguir, uno tras otro, hasta que me llegó el turno. Al parecer al tipo no le pareció tan divertido que no le entendiera un culo cuando me habló, porque le hice repetir tres veces cada pregunta y las tres veces me dolieron los oídos. Gringo hijueputa, si le vas a hablar a unos campesinos en español, apréndete lo que les vas a decir, no seas tan gonorrea, sino mira a la Orquesta del Sol, un grupito de 8 japoneses que cantan salsa en la lengua de Cervantes, pero que si les preguntan de qué color es el cielo dicen, Azúúúúcaaa, porque no tienen idea de la sintaxis, ni del signo, ni del significado, se aprenden lo que dicen de memoria, pero vocalizan y lo hacen bien, no como ustedes, par de policías cagándose en mí y en mi romántico idioma. Por alguna razón el tipo en lugar de devolverme el pasaporte como a todos los demás, me pidió que me hiciera a un lado mientras terminaban y se metió el librito en el bolsillo de atrás. Caminé y noté que solamente a otro tipo lo habían sacado y a ninguna vieja. Me apoyé en la baranda a ver cómo seguía evacuándose la fila. ¿Y ese qué? ese es un asesino, tiene rico al lapidero del pueblo, ¿Y esa vieja? esa tiene la panza llena de cocaína, ¡si hasta aquí la huelo!, ¿Y ese otro, el chiquito de allí con la chaqueta de bluyín? a ese no deje que se le arrime porque le saca la billetera, el reloj, la pistola y mi pasaporte sin que usted se de cuenta, señor policía, y hasta le parece simpático el tipo mientras lo roba. Así son.


Terminada la fila nos hicieron un ademán (al tipito que sacaron y a mí) para que los siguiéramos y caminamos detrás de ellos. Lo peor que yo llevaba era mi alma, pero eso no es delito así que caminé tranquilo hasta que llegamos a una oficina en la que nos hicieron esperar afuera mientras el tipo se metía allí con los pasaportes. Mi compañero de sindicación habló por primera vez y noté que estaba muy nervioso. Oiga, disculpe, ¿usted sabe qué están haciendo ahí dentro?, me preguntó. Sí, claro que sí sé, le contesté, y volteé la mirada hacia la fila de los que habían llegado y a quienes ya les sellaban sus documentos para pasar inmigración, recoger sus maletas y salir a la calle, personas comunes y corrientes, de todas partes del mundo, culpándonos con sus miradas, no tanto por haber traído la droga, sino por habernos dejado coger. ¡Idiotas!, pero si todos nosotros traemos, ¡jajajajaja! ¡y sólo a ustedes los cogieron!, ¡jajajajaja! ¡ja ja ja ja ja! Mi compañero se volteó y me preguntó, ¿usted hizo algo? No, le dije. Entonces, ¿por qué lo sacaron de la fila?, preguntó, Porque yo soy el único que no traigo nada y a estos güevones los entrenan para notar la diferencia, lo que sea raro. ¿Ve? por eso estoy aquí con usted, porque no traigo nada. Así que fresco que me imagino que usted tampoco, ¿ve? Cinco segundos después, de nuevo, Oiga, perdón que lo moleste…pero, ¿qué es lo que están haciendo ahí…? Le contesté que estaban haciendo un chequeo completo en el computador conectado a la base de datos del FBI, y que además estaban examinando la base de datos de la Interpol para saber si estábamos sindicados de algún crimen en Colombia o en otros países, y añadí además que las demandas civiles por violencia doméstica se consideraban un crimen en Estados Unidos y que yo sabía de alguien que lo habían metido diez años a la cárcel porque la esposa puso un denuncio por maltrato en la policía en Chapinero y hasta allá fue a dar el chisme. Después de eso el tipo no me volvió a mirar.

Al rato, sin darme explicaciones, salió otro policía al que nunca había visto y me entregó el pasaporte, me dijo que lo siguiera y me coló al frente de una de las filas, deseándome una estadía feliz. Thank you, le dije, y pasé adelante mientras veía que al otro lo entraban custodiado a la oficina. Pacho estaba afuera esperándome en su carro y fumaba un cigarrillo. Yo me subí y pasamos el túnel. Estaba en Nueva York.























viernes, 17 de septiembre de 2010

COOKIE

Mariana dejó el chaleco de plumas sobre el respaldo del sillón, soltó la cartera desde la distancia y buscó en sus bolsillos un cigarrillo que prendió con una larga chupada. Aún de pie en medio de la sala, encendió la televisión. Pasó de un canal a otro rápidamente, hasta detenerse en las noticias de 24 horas. Estaban pasando una nota sobre el alza de los precios de las naranjas en el país a causa de las heladas matutinas que habían afectado a toda la región citrícola. La reportera entrevistaba a un campesino más bajo que ella, con pocos dientes y un sombrero de paja, que alegaba la pérdida de sus cultivos y se veía tristeza en su semblante. El camarógrafo fue lo suficientemente ágil para enfocarlo de cerca y luego tomar un plano de sus manos, que sostenían a un grupo de bolas oscuras y abolladas que, se suponía, serían naranjas dulces y jugosas. Subió el volumen del aparato y se desnudó, poniendo la ropa en un montón sobre uno de los asientos. Apagó el cigarrillo y se metió en la ducha dejando un espacio abierto de la portezuela para alcanzar a escuchar los titulares de las nuevas noticias.


Cuando el agua estuvo a punto, Mariana se perdió entre el vapor de la ducha. Metió su cara primero bajo los chorros de agua cercanos al grifo y la dejó allí por unos segundos, haciendo movimientos circulares y abriendo la boca para llenarla y escupir varias veces. Pasó las manos por su cuerpo lentamente y lavó con jabón todos sus orificios. Sacaba la cabeza de vez en cuando para oír en qué iba la emisión de noticias o si había algún aviso de última hora, pero ahora hablaba un cuarteto de músicos jóvenes suecos que alegaba haber descubierto el secreto matemático de las composiciones de Mozart y Bach. Decían que podrían escribir sinfonías que pasarían por composiciones perdidas de estos grandes maestros. A Beethoven no, dijo uno, porque Beethoven escribía con el cuerpo y no con la mente, lo cual lo hacía más admirable, repuso otro.

Cerró la llave, alcanzó la toalla que colgaba cerca y la puso sobre su cara. Observó la otra toalla gemela que colgaba de su gancho y se preguntó cuánto más tardaría Joe en llegar. Cuando estuvo seca, se ató la bata de baño a la cintura y despejó un círculo en el espejo para verse. “Esto está mal”, pensó, “muy mal”. Salió del baño, recogió la ropa que había dejado y la tiró en el canasto de la lavandería. Encendió otro cigarrillo y se sentó en el borde del sillón a fumarlo con las palmas de las manos sobre su frente y la mirada recorriendo los arabescos de la alfombra. Pensó en cuando era niña y su papá la llevaba a la iglesia los domingos, vestida de azul y con un lacito en el pelo que emparejaba el tono de sus zapatos, diciéndole que rezara mucho por ellos porque Dios a los niños los escucha mejor.

Oyó el rugido del motor del carro de Joe en la entrada y la conmoción de las latas al apagarse. Se asomó y vio a Joe lanzar la puerta de la camioneta, darle un segundo empujón con su cadera y caminar hacia la casa con los paquetes de regalos en las manos y una bolsa entre los dientes. Abrió la puerta para que entrara. Joe le dio un saludo con las cejas levantadas y un gruñido, siguió hasta la cocina y dejó su carga sobre el mesón junto a los electrodomésticos, algunos aún sin estrenar, pero exhibidos por cortesía con los donantes a la causa de su matrimonio.

-“Pensé que ya no querías volver a fumar”, dijo Joe cuando pudo hablar. “Siempre hablas y hablas. Bla, bla, bla. Me tienes harto”.

- No estoy para esto, Joe. Estoy muy nerviosa.

- Pues yo no estoy mejor. Y eso que todavía no he visto cómo quedó el carro. ¿Ya lo revisaste?

- No. Apenas llegué me metí a la ducha. Creo que deberíamos ir a la policía.

- Tú mejor no pienses, mejor sigue fumando mientras YO pienso, así no dejamos que esto se nos vuelva un problema más grande de lo que ya es.

Joe fue a la nevera y sacó una cerveza que destapó dándole un golpe a la tapa apoyándola sobre el filo de la piedra del mesón. Se sacó la camisa del pantalón y comenzó a pasearse con pasos lentos, uno tras otro, mirando ocasionalmente hacia el techo y hacia abajo, como hacen las personas en clases de gimnasia o de yoga. Mariana lo observaba reclinada sobre su hombro en el marco de la puerta. Veía la manzana en su garganta subir y bajar con los tragos de la cerveza y se preguntó si no sería incómodo tener una de esas cosas atravesada en su cuello. Se sorprendió al mirarlo de arriba abajo, como hacía en las épocas de la universidad con los muchachos que se acercaban a invitarla a salir o a pedirle que les prestara sus resúmenes de historia del arte para preparar los exámenes. Era un gesto que, según sus amigas, era muy propio de ella, y que le hizo ganarse entre sus amigas fama de dura con los hombres. En esa época, Mariana soñaba con tener su propia galería. Visitaba frecuentemente los museos de la ciudad para ver las exposiciones itinerantes, y cada vez que salía una imagen de Nueva York, la recortaba y guardaba en su biblioteca. Decía, especialmente cuando se había pasado de tragos, que algún día iba a vérselas con Donald Trump para escupirle en la cara por mancillar con su desagradable aspecto la fachada de la mejor ciudad del mundo. Su saliva sería la redención de ese badulaque de hombre millonario y pelipostizo. Y cosas así. A muchos les gustaba ver a Mariana con unas buenas copas porque se ponía hilarante y, especialmente, crítica de todos y de todo. Creía entonces que esa cualidad la llevaría lejos, porque podría plasmar esa fuente de energía sobre lienzos que se venderían a precios casi simbólicos en Christie´s o Sotheby`s, mientras ella disfrutaba del sol en una terraza del Mediterráneo.

Mariana conoció a Joe en un seminario sobre arquitectura gótica medieval, al que se inscribió con emoción porque se decía que el profesor que dictaba la materia era un erudito reflexivo, sagaz, duro en sus ataques contra la opinión rústica de los estudiantes, y osco especialmente con las mujeres que atendían sus charlas, en una especie de “misoginia a la vez sensual y emputante”, como alguna vez lo describió Mariana a un grupo de futuros colegas. Como en todas las clases, Mariana se sentó en la fila frontal para tener toda su atención enfocada en la exposición. Durante las cuatro horas semanales de clase, el murmullo del equipo de diapositivas inundaba la estancia mientras proyectaba en la oscuridad, una tras otra, imágenes de arcos apuntados, bóvedas de crucería, gárgolas y quimeras, arbotantes y florones de diverso tipo regados por las catedrales de Europa y el Medio Oriente, construidas en la búsqueda del ser humano por acercarse a Dios y homenajear su grandeza con magníficas demostraciones del uso de su inteligencia al servicio divino. Durante el primer mes, notó que el profesor jamás se quedaba viendo a sus alumnos por más de unos pocos segundos. Lo observaba pasearse entre las imágenes que salpicaban los contornos de su cara mientras contaba el origen, la planeación, el ingenio, los sacrificios y el costo enorme de estas construcciones en su labia fluida y versátil que parecía infalible y aprendida de memoria, con su mirada horizontal y firme inquebrantable.

Un día, cuando decidió poner a prueba al profesor dejando ver un poco más de lo que ella consideraba un muslo apetitoso tras la abertura lateral de su falda, obtuvo total indiferencia. Ni una sola vez el maestro desvió su mirada. Ni una sola vez se detuvo frente a ella así fuera un segundo más de lo acostumbrado. Era como si no existiera. Desde entonces en adelante, comenzó a sentarse más atrás, cerca a la pared trasera, desde donde veía mejor las imágenes pues el salón tenía forma de hemiciclo y sentía que podía aprovechar mejor las explicaciones sin tener que preocuparse por las feromonas muertas del profesor. Allí conoció a Joe. La primera vez que lo notó (porque ya lo había visto muchas veces sin el menor interés), fue en una conferencia cuando llegaban al punto más álgido de la encantadora y triste historia de cómo los franceses saquearon a Notre Dame durante la revolución a finales del siglo dieciocho, y amenazaban con prenderle fuego a todo lo que representara una consecuencia o un aliado de la extinta monarquía. Estaba sentado en el borde del asiento con sus tenis sucios sobre el respaldo de la silla de adelante, con su nuca apoyada en el espaldar y la cola de pelo colgando en el vacío tras la fila. Dormía y emitía ronquidos breves que acompañaba de suspiros y rezongueos quedos. Ante tal indignación, Mariana estiró su brazo sobre los dos asientos que los separaban y lo puyó con un lápiz en las costillas, a lo que Joe dio un pequeño salto que hizo caer todos sus papeles al suelo e interrumpir la disertación con el alboroto, con la consecuencia obvia de que ambos fueran expulsados del salón con una severa e injusta reprimenda y la humillación ante la sentencia del profesor cuando dijo “Los dos noviecitos de la parte de atrás pueden salir a expresar su amor a la calle, o en un motel o en el parque… cuando se desahoguen, pueden volver a la clase”. Esperó a que recogieran sus cosas y salieran con todos viéndolos, algunos con gestos de reproche y otros con una que otra risita de complicidad.

Mariana y Joe se habían vuelto inseparables. Tomaban todas sus clases juntos y estudiaban hasta altas horas de la noche cuando tenían exámenes finales, para culminar las jornadas de memorización y fogueo mutuo de preguntas haciendo el amor en la hamaca en donde dormía Joe porque, según él, nunca había visto a un indígena con giba o problemas de espalda. Mariana llamaba a casa de su tía y le mentía para poder pasar la noche con Joe en su apartamento. Se quedaban viendo películas mientras se comían un pollo entero como salvajes, untándose la cara de grasa con los dedos del otro, desnudos y riendo a carcajadas con la boca llena de pedazos de cuero y músculo a medio masticar. Algunas veces tomaban champaña hasta embriagarse y dormían abrazados hasta el amanecer, y otras Joe conseguía algo de marihuana, liaban un porro y lo fumaban imaginándose cómo sería su vida dentro de diez o veinte años. Un tiempo después, Joe estaba convenciendo a todo el personal de un restaurante para que en el momento indicado y ante su señal previamente acordada, gritaran en voz alta y por todos los rincones “MARI, ¿QUIERES CASARTE CONMIGO?”, con el efecto esperado de emoción, angustia fingida, una duda no menos teatral para darle suspenso al momento y el gran SÍ posterior. Cuatro años más tarde, Mariana pensaba con frecuencia en cómo sería su vida si no hubiera sacado su lápiz de la cartera y puyado a Joe en las costillas. Se preguntaba si alguna vez en otra ocasión lo hubiera conocido y se hubiera enamorado, y se preguntaba si sería o no verdad que las personas nacían con un destino predeterminado por la alineación de los planetas y las constelaciones según el segundo exacto en que llegaran al mundo. Esa misma pregunta se la volvió a hacer mientras Joe terminaba su cerveza y la miraba con los ojos enrojecidos por la efervescencia del líquido, eructaba inflando sus carrillos y decía “Qué bruta eres, Mari. Ahora qué vamos a hacer.”

Joe salió de la casa y fue hasta el carro de Mariana estacionado frente al suyo. Pasó su mano por todo el costado de la carrocería, intentando percibir alguna abolladura, golpe o rayón. Luego se acostó sobre el pavimento boca arriba y se deslizó ágilmente bajo el chasis para dar un vistazo a los amortiguadores y las horquillas de la dirección. Tras la llanta delantera derecha, justo debajo del guardabarros, surgía una bola de pelos blancos enredados entre los cojinetes, parecida a un ovillo de lana virgen apretado por la rotación de las partes en un nudo prácticamente imposible de zafar. Joe lo alcanzó y sacó un pedazo apretado entre sus dedos. Al verlo a la luz, algunos pelos volaron con el viento y los demás los sacudió en su pantalón. Abrió la puerta del conductor y accionó la palanca que abrió el baúl. Levantó la portezuela y allí estaba: raquítico, mostrando sus caninos, con una lengua más larga de lo que hubiera creído para tan pequeño animal sobre la llanta de repuesto, sus dos patas delanteras dislocadas y las de atrás recogidas, el cuello alargado y volcado hacia atrás y los ojos a medio cerrar, con su cuerpo lanudo untado de manchas de aceite y mugre. Un poodle. Un maldito perro como cualquier otro, más feo que cualquier otro, pero seguramente tan amado como cualquier otro. Levantó el collar y leyó el nombre en la etiqueta de información. Cookie. Cookie era una perra estúpida que se había metido bajo las llantas del carro de su mujer y ahora estaba muerta en su baúl. Cookie informaba que había un número de teléfono a dónde llamar en caso de emergencia o extravío. Alguien realmente amaba a Cookie. Alguien, justo ahora, extrañaba a Cookie o, peor aún, sabía por testigos que una mujer atolondrada había atropellado a la perra en un descuido mientras manejaba hablando por teléfono, se había bajado del carro, buscado con la mirada que el accidente hubiera pasado desapercibido, se había tomado la cabeza con las manos, se agachaba, abría el baúl y tiraba a Cookie adentro sin el menor remordimiento o la intención de buscar a su dueño para reparar el daño o, al menos, pedir perdón sincero por lo sucedido.

Joe cerró el carro con seguro y volvió a la casa. Mariana, que lo había visto todo desde la ventana, le esperaba sentada en el comedor.

- ¿Y bien? ¿Qué hacemos?

- No sé, preciosa. ¿Sabes si alguien te vio?

- No creo. No que yo sepa, pero no puedo estar segura. El maldito perro salió de la nada y saltó a la calle como queriendo matarse y, claro, fui yo su gran escape de esta vida.

- Perra.

- ¿Qué?

- No es un perro, es una perra. Lo acabo de ver. Se llama Cookie.

- ¿Y eso qué carajos importa?

- No sé. Tal vez no, pero es un hecho que es una perra. Y muy fea de por sí.

- No pretenderás que esté muy bonita y arreglada con sus moñitos rojos en las orejas y el tutú rosado después de haber sido aplastada por un par de toneladas de caucho y acero…

- No pretendo nada. Simplemente son los hechos. Es una maldita perra, se llama Cookie, y alguien la quería lo suficiente para ponerle una marquilla de identificación en el cuello con su teléfono.

- ¿No dice quién es el dueño?

- No, simplemente dice Cookie, y tiene grabado un número de teléfono.

- Llamemos a la policía. Que vengan y se lleven al mugroso perro, o perra, como quieras.

- No creo que eso pueda ser. No voy a meter policías aquí. Ya sabes lo que pienso de ellos.

- Muy bien. Entonces me imagino que ya lo tienes todo resuelto y que vas a llamar al dueño a decirle que su adorada Cookie está muerta en el carro de tu mujer, quien no tuvo la decencia de llevar a su animal herido al veterinario sino que la dio por muerta, tirándola sobre la asquerosa llanta de su asqueroso baúl, pero que lo sientes mucho y estás dispuesto a pagar por un nuevo cachorro para toda la familia. ¿Eso vas a decir? He pensado en que tal vez no estuviera muerta cuando la metí allí, y que pudiera haberle salvado la vida si la llevaba de urgencia. Pero me paralicé, ¿sabes? Nadie se espera matar a alguien en un día cualquiera y no supe qué hacer más que venir directo acá y llamarte. ¿Me entiendes?

- Ya cálmate. La perra estaba frita desde que saltó a la calle. No había nada qué hacer. Tiene el cuello roto. Mejor vístete que nos vamos.

Joe salió de la carretera principal un rato después y tomó una vía en regular estado, con huecos y partes que era necesario esquivar. Mariana sintió que el carro se estremeció en uno de los virajes y se despertó. El paisaje había cambiado un poco y ahora se veían muchos árboles altos en forma de cono, cuyos troncos se iluminaban con las luces del carro en ráfagas momentáneas que cambiaban con cada curva. Poco a poco la carretera se estrechaba más y, en un momento, se acabó el pavimento.

-¿Tienes sueño, Joe? ¿Quieres que yo maneje?

-No. Para nada.

-¿A dónde vamos? Parece que fuéramos mafiosos deshaciéndonos de un cuerpo. ¿Por qué tan lejos?

-Mari.

-¿Qué?

-No preguntes tanto. Ya vamos a llegar.

Mariana sacó un cigarrillo, lo encendió y abrió la ventanilla. Hacía algo de frío y se puso su chaqueta. Joe abrió un espacio en la ventanilla suya.

-Esto no me gusta, Joe. ¿Para qué vinimos tan lejos?

-No sé si prefieras que la hubiéramos botado en el cesto de la basura de la casa.

-Ahora que lo dices, ni tan mala idea hubiera sido. Pasa el camión y ¡suaz!, problema arreglado.

-¿Suaz? Así, como si nada. ¡Suaz!

-Eres un tarado. No veo sentido a salir por horas de la casa. Además ya siento que comienza a oler a cadáver.

-Ya casi llegamos. Ten paciencia.

-¿Y por qué venimos acá justamente? ¿Qué tiene de malo otro sitio? Estás andando como si supieras perfectamente a dónde vas y, que yo sepa, por acá no hemos venido juntos.

-Es un sitio al que venía antes, hace tiempo, cuando quería salir de la ciudad y relajarme. Me tiraba en el bosque boca arriba y veía los árboles oscilar con el viento. Además crecen hongos que se pueden comer. Si veo algunos, los cazo y me los llevo. Los pones a secar y luego los puedes comer con leche condensada. Hace tiempos que no los como. Sería cerrar esto con broche de oro.

-Joe, amor, esta carretera no me está gustando para nada. Además ya quiero volver a la casa y llevamos andando horas. Mañana tengo que levantarme temprano al trabajo. Ya sabes lo que me cuesta cuando hemos trasnochado.

-Tranquila nena. Ya vamos a llegar.

Al momento, Mariana vio un letrero de latas oxidadas que anunciaban estar entrando en predios de un parque natural. Joe detuvo el carro y lo apagó, dejando las luces encendidas, cuya luz se adentraba entre el bosque. Los dos se bajaron del carro y fueron hasta el baúl. Jo alzó la tapa y la perra estaba allí. Mariana se tapó la boca con la mano e hizo un gesto de asco. Joe se agachó para recogerla. Parecía que estuviera hecha de madera, con sus patas y cuello tensos por el rigor de la muerte. Mariana dio un paso atrás y se quedó viendo a Joe llevar a Cookie hacia el bosque, abrir un claro en el suelo tapizado de agujas de pino, y ponerla allí, con suavidad.

-Trae más paja. Vamos a taparla, dijo Joe.

-¿No la vamos a enterrar?

-¿Trajiste una pala?

-No.

-Entonces no la vamos a enterrar.

Mariana recogió un montón de paja seca y lo tiró sobre la perra. Joe hizo lo mismo y al rato se veía sólo un pequeño bulto en el suelo. Joe dio una mirada alrededor. De vez en cuando se oía el llamado hueco de alguna lechuza, ramas de los árboles crujiendo y otros sonidos que no pudieron identificar.

-Estoy nerviosa, Joe. Vámonos de aquí.

Joe dio una mirada al montecito que habían hecho y se dio la vuelta, caminó hasta el carro y cerró la puerta del baúl. Se subió al asiento detrás del timón y encendió el motor que, con el arranque, hizo que las luces parpadearan, iluminando a Mariana junto a la tumba de Cookie. Joe vio que su maquillaje empezaba a correrse y que sus hombros se movían por las convulsiones del llanto. Salió del carro, caminó hasta ella y le puso su chaqueta sobre los hombros abrazándola mientras la llevaba hasta el carro, la ayudaba a entrar y la acomodaba en su asiento, en donde se quedó mirando por la ventana.

Mariana y Joe recorrieron la hora de regreso en silencio. Pararon a comer en un restaurante de la carretera y pidieron sendos pedazos de carne con papas fritas que comieron ansiosamente. Hablaron de muchas cosas y rieron un poco mientras terminaban sus jugos. Cuando volvieron al camino, Mariana bajó la ventana, cerró los ojos, sintió la velocidad del viento sobre su cara, y tomó un profundo respiro del aire limpio y fresco del campo que, a esa hora, se pintaba con las luces de las casas empotradas sobre las colinas, una tras otra, en una procesión de luciérnagas varadas en la creciente oscuridad.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

SED

Cuando llegamos a la estación de gasolina, parecía desierta. Las luces amarillas de los faros hacían círculos sobre el pavimento y parecía que la oscuridad tras ellos se viera aún más profunda. El parabrisas intermitente del carro barría las gotas que caían sobre el vidrio, claridad que duraba pocos segundos antes de estar cubierto de nuevo por el agua. Omar temblaba en el asiento de atrás, acostado sobre su hombro y con las piernas recogidas sobre el pecho, pálido, mirando al espacio infinito sin encontrar en qué fijarse. Di unos toques al pito que resonaron en la puerta de la cabaña, pero no hubo movimiento. Omar alzó la cabeza hasta el nivel de la ventana y limpió con esfuerzo el cristal empañado, apoyó de nuevo su cara sobre el asiento y soltó un murmullo que no pude entender.


Levanté el seguro de la puerta y bajé. Del escape salía un vapor gris que se diluía en el aire, semejante al vaho de las personas en una noche fría. En la cabaña de la administración, un grupo de pequeñas campanas pendientes de una viga tintineaba suavemente con el movimiento de la brisa. Pegado a la ventana, con las manos ahuecadas para bloquear los reflejos del exterior, vi un escritorio bañado en una película de polvo, una silla giratoria de madera en similares condiciones y montones de papeles y recibos apilados en el suelo, algunos en orden y otros desparramados por doquier. Un letrero corroído de Pennzoil colgado de cabeza por un único clavo que lo sostenía en su esquina inferior, y un conejo disecado, se habitaban esa soledad.

Regresé al carro con las manos sobre mi boca para calentarlas. Al verme, Omar me dio una mirada breve y regresó a la posición fetal en que llevaba, por entonces, más de dos horas. Fui al baúl del carro y saqué la cizalla. Me acerqué a los dispensadores de combustible y, después de varios intentos, reventé el candado con que se aseguraba la pistola a la máquina. Introduje el pico de la manguera en el orificio del carro esperando a que el aroma de la gasolina subiera hasta mi nariz para darle un fuerte respiro, pero nada pasó. Los surtidores, que funcionan como una motobomba controlada de vacío, no tenían nada que ofrecer.

Subí de nuevo al carro y Omar parecía dormido. El reflejo de la luz dejaba ver su frente perlada de sudor, y el movimiento de sus labios en una retahíla permanente de palabras y gestos, al parecer, involuntarios y levísimos, hacían mover con cadencia su negra barba. Encendí la radio, pero todas las estaciones estaban interferidas por la electricidad estática de las torres de energía que acompañaban la carretera y ninguna voz o música eran comprensibles. Giré la llave y apagué el motor. Mi reloj marcaba, para entonces, las 11:15 PM.

Tuve que decidir entre seguir por la carretera sin saber a dónde podría encontrar combustible y correr el riesgo de quedar varado en un lugar a la intemperie, vulnerable a las condiciones del clima; esperar a que algún camión o algún otro vehículo pasase por la carretera y, de ser así, que el conductor tuviera la amabilidad y confianza suficientes para detenerse y regalarme un poco de gasolina; o irrumpir en la cabaña vacía y pasar allí la noche. Opté, por supuesto, por la tercera opción, pues no quería exponerme a la hipotermia o tener que depender de un tercero. Volví a la parte de atrás del carro, abrí el baúl y saqué la varilla para cambiar los neumáticos. Omar seguía dormido, o eso parecía. No se podía saber con certeza. Al llegar de nuevo a la puerta, le di un fuerte empellón y quedé dentro, donde volaron, por la ráfaga repentina, algunos papeles del suelo y se levantó una nube de polvo que allanó el recinto y me hizo perder la claridad de la visión. Me quedé unos segundos parado en medio del lugar con la barra de acero en las manos al estilo de los bateadores de beisbol, y comencé mi marcha exploratoria hacia dentro. Más que personas, me preocupaba un mapache o un gato hambriento atrapado dentro saltando sobre mi cara. Ni un sonido. Los papeles voladores se asentaron y la nube de polvo ocupó nuevos lugares sobre la estancia. Las campanillas de afuera tintineaban constantemente.

Cuando terminaba de explorar la cabaña oí el pito del carro en un estruendo agudo y constante. Salí a ver. Omar se había encaramado sobre el asiento del conductor y había llegado hasta el timón, y tenía su mano pegada con fuerza al centro del círculo haciendo presión. Me acerqué a la ventanilla y le di unos toques al cristal con la varilla de los neumáticos. Omar hizo como si yo no estuviera y siguió en lo suyo. Al final, habría de cansarse o de perder las esperanzas. No era como si alguien pudiera oír el escándalo y acercarse.

Abrí la puerta de atrás y le dije a Omar que saliera, que nos acomodaríamos en el refugio de la cabaña y pasaríamos allí la noche. Omar se quejó y dejo resbalar su codo sobre el asiento, quedando en la posición anterior. Dejé la barra en el suelo, tomé sus brazos bajo las axilas y comencé a arrastrarlo fuera del carro. Todo el tiempo se quejó y siguió con su murmullo y la respiración acelerada por el esfuerzo. Este era un tipo corpulento y, dado que no se ayudaba ni un poco, debí utilizar todas mis fuerzas para llevarlo hasta el refugio, donde lo dejé en el suelo mientras volvía al carro a buscar lumbre para encender la pequeña caldera. El problema de qué quemar se solucionaría con los papeles regados. Antes de volver a la cabaña, busqué debajo de los asientos la botella de whisky que debía tener, al menos, un par de buenos tragos todavía.

Cuando al fin encontré una posición para dormir cerca del calor, sentado entre las columnas de folios y con la cabeza recostada en una de las patas del escritorio, Omar habló:

-Tengo sed-, dijo.

Lo dijo sin dañar la figura como un búmeran que hacía en el piso con su tronco y las piernas en ángulo cerrado. Pensé en el whisky, pero había tan poco y era tan básico para pasar la noche con la tibieza del alcohol por dentro, que decidí buscar otra fuente. Fui hasta el baño y abrí la puerta. Lo que alguna vez fuera una taza con agua fresca lista para recibir los depósitos de una humanidad tragona, descarga tras descarga, en el proceso casi mágico de desaparición de las heces por un tubo, era un círculo lleno de bazofia hasta la mitad, con pedazos de papel endurecidos como balas de cemento marrón explotadas en su anillo, despidiendo el olor más repugnante que jamás había sentido mezclado con los desperdicios del último invasor de aquel lugar, si es que una persona sola puede hacer tantos desastres con un solo cuerpo. La palangana para lavarse las manos tenía hoyos causados por la corrosión del óxido, hongos entreverados que pululaban en cada resquicio en un festín micótico y estaba a medio llenar con una especie de agua densa que, con la luz disponible, se veía negra. Pensé en el color del petróleo. Luego pensé en Mona. Me la imaginé limpia, con un vestido blanco de una pieza, riendo, y después embadurnado todo su cuerpo con esta pasta oscura, el pelo cayéndole en gajos sobre la cara, sólo sus ojos azules viéndome y estirando sus brazos hacia mí en súplica de auxilio. Me la imaginé haciendo su cara de asco al ver este lugar, torciendo los labios hacia abajo y mostrando la dentadura de la mandíbula. El corazón me dio un vuelco.

Tomé la llave del agua con dos dedos y la giré. La tubería hizo un tremor y emitió un sonido largo que me hizo retroceder, no fuera a explotar toda esa porquería sobre mí. Después del escándalo, caía un hilito de agua desde la llave putrefacta acompañado de un silbido constante, como de una flauta. Traje el vaso con que pensaba tomarme el whisky y lo llené hasta la mitad con el agua amarillenta. Muchas cosas blancas como flemas flotaban en el vaso y se arremolinaban como si estuvieran vivas. Llegué hasta donde Omar, levanté su cabeza y puse el borde del vaso contra sus labios secos y partidos. Al principio rechazó el ofrecimiento, pero le aseguré que era agua y entonces bebió hasta el fondo, en un trago que le hizo dar arcadas y toser. Me llamó hijo de puta, pero no le presté atención. Me preocupaba saber que tenía toda la noche por delante y que no podía hacer más que quedarme estancado allí hasta el amanecer con él viéndose cada vez peor.

Pensé en el carro afuera toda la noche a la vista de quien pasara. A pesar de no ser un modelo vistoso, era un convertible viejo descapotable, sin copas en las llantas y algunos parches de pintura de tonos diferentes, y no había muchos así en los alrededores. Se me ocurrió estacionarlo tras la caseta con tal suerte que, si se miraba desde la carretera, se ocultaba a ras desde el parachoques delantero hasta el final del baúl. La faena me tomó menos de diez minutos mientras lo moví y calculé la posición de un transeúnte por la vía con su perspectiva. Cuando estuve satisfecho, regresé al interior de la cabaña. Omar no estaba. De algún modo, había conseguido levantarse y echar a andar por el borde de la vía mientras yo estaba en la maniobra. Salí tras él. Había recorrido cien metros cuando más, arrastrando su pie derecho por el empeine, renqueando, sostenido su cuerpo sobre la pierna buena. Cuando sintió que me acercaba intentó acelerar el paso, pero se rindió y vomitó con las manos sobre las rodillas, tosiendo y volviendo a tomar aire en grandes bocanadas. Saqué la botella del bolsillo y le di un sorbo mientras lo veía. Me miró de reojo, con su barba negra mugrosa y el pelo enredado sobre la mitad de la cara. Creí que me iba a decir algo, pero no. Solamente sus ojos contrastaban la oscuridad con su blancura. Ya no había ferocidad en ellos. Parecían unos ojos suplicantes, pero no pedían nada. Entonces me di media vuelta y caminé despacio hacia el carro, con Mona dando vueltas por toda mi cabeza, en todas sus figuras y sus imágenes, haciendo el amor o colgando del tubo en un parque imaginario, dando vueltas y riendo.

Subí al carro y lo encendí. Apreté el pedal y comencé a moverme hacia la carretera en donde aceleré a fondo yendo de vuelta por donde había venido. Tenía muchas cosas en qué pensar. Luego pensé en la mirada de Omar y en su postura junto a la carretera. Esos ojos. No los voy a olvidar jamás.

martes, 10 de agosto de 2010

¡MILAGRO!

Sobre el púlpito de la iglesia, justo en la parte donde cuelga con los brazos abiertos el que fuere entonces el Redentor, hay una inscripción que dice en latín lo que en otro idioma sonaría desmedido de poder. Detrás del altar está el sagrario, lugar donde se planta la custodia y las copas doradas con las que el sacerdote bebe poco a poco el vino consagrado. Hacia un costado del templo están las figuras de los santos con caras de apoplejía y otros que la historia ha llamado mártires por llevar el dolor de la tortura en su expresión, muertos con horror porque se les prohibió cantar su fe hacia el cristo que pende. A sus pies se inclinan señoras con las cabezas cubiertas por una mantilla, y sus dedos arrugados cavilan entre cada espacio de las pepas del rosario mientras con los labios pronuncian en leves movimientos, casi imperceptibles, oraciones con las que quieren conquistar algún deseo o eliminar una pasión. Son ellas las que cuidan las lamparitas en el costado anterior de la cúpula y las limpian cuando están muy sucias o sacan de sus bolsillos las monedas para meter en la hendidura que enciende la luz durante treinta minutos. Las velitas artificiales brillan cuando las mujeres han pedido lo suficiente, e iluminan la esquina que irradia a una mujer bonita y joven que mira al niño entre sus brazos con admiración. En el centro, casi eliminando el paso por las galerías laterales, está el lugar donde en los días de antaño cantaba el coro con los niños y las mujeres de la ciudad, que utilizaban el efecto acústico inmejorable de estas construcciones para cantar al cielo el Hosanna y las misas que genios musicales compusieron en las épocas en que eso valía algo para Dios.

Las manos de Humberto se aprietan con firmeza, y sus dedos se blanquean en algunas zonas por estar tan juntos entre sí. Los pulgares van hasta su entrecejo y se quedan resobándolo ceremoniosamente. Humberto se sienta en la última silla aun cuando están disponibles otras más cerca del altar. Saca un anillo que hace rielar los ojos con su lámina pulida, luego lo guarda y lo pone de nuevo en el lugar que le corresponde, en el bolsillo más cerca de su corazón. Lo consiguió de aquella que decía con su adiós que lo tomase para que la llevara en buen recuerdo, devolviéndole la única cosa que compró con el mayor esfuerzo que pudo hacer para regalárselo en prenda nupcial, pero ella ya se fue y el viento que la apartó está ahora en el olvido. Humberto está llorando por algo, se puede saber con certeza a pesar de la poca luz que cae de las arañas colgadas del techo, llenas de bombillas fundidas que no se pueden reemplazar sin la ayuda de un andamio.

La madera horizontal, aquella donde los fieles entregan la fuerza de sus rodillas, está ya muy doblada por el peso de tantos que se han hincado pidiendo el auxilio del todopoderoso y Humberto no es la excepción. Él conoce los secretos de la vida sacra mejor que muchos, y utiliza las tácticas que aprendió de personas en busca de milagros que saben pedir precisamente lo que quieren que suceda: una intercesión divina en un asunto de la tierra. Repite entonces constantemente la oración que se sabe memoriosamente, la misma que todos cantan en coro cuando el clérigo se pone de pie y abre los brazos como el ave que representa, haciendo volar su ropón blanco si es que estuviera dando la misa, cosa que no sucede en este momento de silencio sólo interrumpido por algunos tacones chatos que resuenan en el domo circular.

Las líneas de expresión de Humberto están marcadas por un gesto quejumbroso y no queda arruga sin doblar en este rostro que ha visto de su vida lo peor sólo hace poco. Se nota que no ha dormido bien. Ayer, pocas horas antes de irse a la cama, todo marchaba por el camino en el que transitan los días para la gente común. Humberto estaba, como siempre a esa hora, rezando en su alcoba llena de imágenes perfectitas de santos, siervos y beatos, puestas en la estantería con un pedazo de cinta adhesiva debajo y un velón a sus pies, jamás en desorden, porque Humberto tiene en su mente la geometría exacta con la que los objetos deben estar organizados para conservar la armonía de los espacios y sacar de ellos su mejor provecho. En su armario existe sólo un vestido siempre impecable mientras el de reserva está lavándose y tres cajones en su orden ascendente con las medias, calzoncillos y corbatas. El espejo en la portezuela brilla a pesar de estar mostrando los signos del envejecimiento, revelado en las manchas de óxido que le bordean. En el nochero se inclina una sola fotografía que siempre es la primera en liberarse del polvillo que entra por la ventana. La cara en ese retrato es familiar a la de Humberto, tan parecida que es ella quien dedica en el reverso de su imagen todo el amor para un padre que la ama con todo lo que un buen hombre puede dar. Es ella quien ha entrado al cuarto esta noche, vestida con su uniforme de la escuela, a ver al padre porque es allí donde eligió contarle un secreto. Se le ve muy alentada a hablar después de haber sido bienvenida con un poderoso abrazo del padre reforzado por un mes de ausencia, casi el lapso suficiente para que se perdone cualquier cosa que se tenga que confesar, así sea que ella, sin la edad suficiente para comenzar a penar, todavía con la ternura de los vellos dorados en los muslos, está encinta, y ya se comienza a notar de perfil el inflamiento de su panza.

Lloraron el padre y la hija cada uno en su esquina, lejos de sí por haberse herido con palabras malsanas, y por haberse dicho cosas que jamás imaginaron. La niña supo que su padre conocía el vocabulario mejor de lo que pensaba cuando salieron de su boca sinónimos de puta en todos sus matices, golfa, meretriz, perra, seguidos de algunas frases compensatorias de la herida, mi nena, mi tesoro, te amo. Esta no era escena alguna en la que se hubiera visto a Humberto. La niña tomó bocanadas de aire varias veces hasta que su respiración se reguló. Levantó el maletín del piso y lo colgó sobre su hombro para terminar la conversación diciéndole a su padre que se iba a casar con quien puso la semilla en su vientre, porque le amaba más que a nadie, y salió a la calle dejando la puerta abierta.

Cuando estuvo solo se acostó bajo el rayito de luna que únicamente en ésta época del año le pega a su cama, y regresaron a su mente como truenos las palabras que descargó sobre su hija, esa lección de conocimientos generales de la lengua guardada por pudor, pero lanzada hacia la pobre sin compasión en medio de la sacudida que le causó moretones en los brazos, sin querer, en el impulso de la sinrazón.

Humberto sale a la calle ahora que ha amanecido. No sabe muy bien a dónde ir, pero en su mente lleva una carga que le dificulta levantar la cabeza para mirar al frente como los que van a su lado a otro ritmo. Camina despacio, con las manos en los bolsillos de su pantalón, y un dedo se le escapa por el hoyo en el fondo de la tela y logra sentir su piel erizada por el frío. Piensa en el lugar más cálido, aquel al que va siempre por costumbre, por necesidad sólo una vez cuando su esposa lo dejó y tuvo que buscar amparo bajo los ojos de los santos. Acelera su paso en tanto sabe que es en aquel lugar donde podrá ser igual que todos, donde el ambiente sereno le alimenta y le llena de paciencia. Se queda un rato parado en el vano de la entrada al templo y mira lentamente a su alrededor. Da unos pasos y se sienta en la última banca. Humberto se arrodilla y frunce el ceño que aprieta con los pulgares, saca un anillo deslumbrante de su bolsillo y repite oraciones, pero todo esto ya se sabe que lo ha hecho.

La niña, mientras Humberto ha estado hundido en las imágenes de su cabeza, ya ha tomado una decisión impulsada por el miedo. En lugar de creer que todo va a salir mal de ahora en adelante y que el presagio que el padre le hizo acerca de una vida negra se cumplirá, la niña quiere ahora un espacio en la ciudad de los vivos, y una familia como todas para sumarla al caudal de gente que inunda las calles. Su elección ha sido desposar a quien la ha preñado, pero no ha sido una decisión que haya tomado sola. Aquel niño inmaduro ante los ojos del mundo le ha dicho que quiere ver crecer a su hijo, que cambiará y dejará la banda, que comenzará a trabajar para proveer como los buenos padres preocupados y que le llevará regalos en cada aniversario.

Humberto se levanta ahora y toma el pasillo de la izquierda, donde las señoras se han reunido a poner monedas en las ranuras que encienden las lamparitas. Va mirando a los costados. Humberto tiene en su mano la moneda que enciende la lámpara, y mientras la soba con los dedos dentro de su bolsillo, la niña está esperando en el andén a que el hombrecito rojo en posición de firmes se convierta en el verde que simula un paso y pueda entonces cruzar la calle junto a los demás que aguantan la espera de un semáforo concurrido. Humberto ya ha llegado hasta la fila de lamparitas y está escogiendo a cuál de las apagadas darle vida; la niña aún espera a que la luz se vuelva roja para los carros y ella pueda cruzar sobre las rayas pintadas en el suelo. La mano de Humberto se dirige hacia la ranura en la que cabe sólo el ancho de la moneda, con su mente vacía por ahora sólo haciendo el esfuerzo mecánico de estirar el brazo; la niña espera inquieta en primera fila a que los conductores también obedezcan la señal consabida por todos y se detengan en su momento, piensa en su hijo y en su padre, y se siente atrapada entre esas dos generaciones. Justo en este instante, cuando la moneda está entrando en la ranura y rechina el contacto de los metales, Humberto suelta su deseo, la petición que hasta ahora ha guardado, y pide a Dios que lo escuche con todas las fuerzas de su alma. Confluidos los puntos que hacen fuerte un llamado y se hace audible sólo para quien tiene oídos en todas partes, exige a Dios que lo libere de la situación y que impida el casamiento de su hija con ese al que odia sólo por haberse interpuesto en su camino robándole lo más preciado de su vida. La niña ha visto al hombrecito verde y ahora puede caminar porque el paso está libre, pero ha cometido una falta de precaución al poner el pie en el pavimento sin mirar a los costados, confiando en que nadie va a tomarse la ley por su cuenta y va a transitar cuando no debe, oyendo por última vez un rechinar de llantas que dejaron marcado su trazo negro sobre la vía antes de ser enviada a volar casi tres metros. Humberto admira la lamparita que brilla independiente de las demás mientras su hija yace muerta no lejos de allí, rodeada de curiosos que gustan de la sangre ajena, mostrando la carne bajo su piel despedazada por el piso pedregoso. Todos miran a la niña sin saber que han sido dos las víctimas en ese único golpe fatal y que dentro de ella muere también un vástago que no sobrepasa una ciruela.

La visita a la casa del Altísimo ha dejado en Humberto una satisfacción. No está seguro por qué, pero siente que ha sido escuchado, que su devoción le implica menos distancia entre los débiles de fe y ese que todo lo puede, y que su clamor ha llegado por vía expresa hasta Él, que cuando quiere, atiende. Asoma a su casa de nuevo, ignorando totalmente lo que la vecina ha venido a decirle con gran afán, y mientras inserta la llave en la cerradura, ella, con lágrimas en los ojos por el aterramiento, toma el aire con el que suelta la atrocidad que ha ocurrido y de la que se ha enterado a través de una llamada de la policía.

Humberto ha caído con las manos en el suelo, y se llena de una sensación de nauseas que es reconfortada por el vaso con agua que la vecina trae en medio de la conmoción, y que le da en la boca como si fuera un niño incapaz de sostener su propio cuerpo. Ella quiere agregar un abrazo que se interrumpe por la carrera loca de Humberto hacia la calle. Su vista está nublada por la aguasal que inunda las cuencas de sus ojos. Sus pasos lo llevan de regreso al lugar de donde vino sólo minutos antes, después de depositar la moneda que compró la luz de media hora y decide volver a entrar, no taciturno como antes, sino a implorar que la justicia divina le brinde alguna explicación. Corre por el pasillo central que separa las filas de bancas, haciendo sonoro su llanto en el lugar más callado que se puede encontrar en la ciudad y otros que están allí lo miran desilusionados porque interrumpe las meditaciones que corren en ese momento. Ya está muy cerca del crucificado cuando levanta la vista y lo reta a explicarse, a que le diga por qué ha comandado semejante acción. La gente sisea en acto de protesta por la interrupción. Arrodillado frente al altar, hecho una madeja de lamentos, su mente comienza a funcionar, y entonces lo sabe. El cristo agoniza con la frente ensangrentada por las espinas en su cabeza, y frente a sus ojos se ven los pasos de las mujeres que se acercan preguntándose qué le habrá pasado a éste que ahora llora sin consuelo.